El peso de existir
- Amaral Paola García Canales

- 5 feb 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 12 feb 2025
AMARALMENTE HABLANDO
05 de febrero, 2025
Hay un cansancio que no se quita con dormir. Un peso que no se aligera con el tiempo. No es agotamiento físico, es algo más hondo, más denso, algo que se siente en la piel, en los huesos, en cada pensamiento. Es un vacío silencioso que se instala dentro y no hace ruido, pero lo cubre todo. Te levantas, caminas, hablas, funcionas. Pero cada movimiento se siente forzado, como si la vida fuera un guión que sigues por inercia, sin saber muy bien para qué.
A veces, es como si todo lo que haces no tuviera sentido. Como si cada paso solo te llevará de vuelta al mismo lugar. Intentas avanzar, intentas distraerte, intentas llenar el hueco con ruido, con promesas de que todo mejorará, con momentos efímeros que intentan disfrazar el dolor. Pero siempre vuelve. Siempre encuentra la forma de filtrarse entre las grietas. Porque hay tristezas que no se sienten como una tormenta, sino como un goteo constante, lento, interminable.
Nos acostumbramos a creer que lo que sentimos es una condena, que hay algo dentro de nosotros que está mal, que nos persigue, que nos define. Nos miramos al espejo y en lugar de ver una persona, vemos una grieta. Algo roto. Algo que nunca podrá ser reparado. Y si venimos de una historia donde el dolor ha sido la norma, si crecimos viendo cómo otros antes que nosotros también luchaban contra esta sombra, es fácil pensar que esto es lo que somos.
Que somos veneno porque venimos de veneno.
Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si lo que sentimos no es una maldición, sino una historia que todavía no hemos aprendido a contar de otra manera?
El dolor heredado es real. Se transmite en palabras, en silencios, en gestos que se repiten generación tras generación. Nos enseñan que algunas cosas no se dicen, que hay heridas que mejor se esconden, que la tristeza es una carga personal que nadie más debería llevar. Pero lo que nadie nos dice es que, aunque el dolor se herede, también se puede transformar. Que una historia de sufrimiento no tiene que definir el final del libro.
El problema es que cuando te has sentido así por tanto tiempo, cuando la tristeza se ha vuelto parte de tu identidad, es difícil imaginar que puede existir otra manera de vivir. Te miras y solo ves los escombros, las ruinas, las veces que creíste haber avanzado y terminaste cayendo en el mismo lugar. Pero incluso un tornado, después de destruir, deja espacio para algo nuevo. Incluso el veneno puede ser convertido en cura, en antídoto.
Si estás leyendo esto y sientes que las palabras te atraviesan, quiero que sepas que tienes derecho a sentir lo que sientes. No estás roto por no encontrarle sentido a las cosas, no eres débil por preguntarte si todo esto vale la pena. Pero quiero que sepas que el simple hecho de estar aquí, ya es una señal de que algo dentro de ti todavía quiere seguir. Que no todo está perdido. Que aún hay caminos que no has explorado, versiones de ti que no han existido, días que todavía no has vivido.
No eres una maldición. No eres lo que otros han sufrido antes que tú. Eres alguien que siente profundamente, que ha llevado una carga pesada, pero que no está destinada a cargarla sola. Y aunque ahora parezca que nunca se irá, aunque sientas que esto te perseguirá para siempre, quiero que te aferres a la posibilidad de que algún día, quizás no hoy, pero algún día, este peso será más ligero. Y cuando ese día llegue, cuando mires hacia atrás y veas que sigues aquí, te darás cuenta de que siempre tuviste la fuerza para resistir.
Y de que nunca, ni por un segundo, fuiste veneno.
Por: Amaral García




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